jueves, 6 de marzo de 2014

El nombre de la Rosa

El nombre de la Rosa

El nombre de la Rosa - Umberto Eco - Editorial Lumen - Filología Italiana - Álvaro García - ÁlvaroGP - el troblogdita
El nombre de la Rosa - Umberto Eco
Editorial Lumen - Filología Italiana
Álvaro García - ÁlvaroGP - el troblogdita

Umberto Eco

Editorial Lumen



El anciano Adso de Melk nos introduce en la narración de su propio pasado en las tinieblas de su existencia. Narración que tendrá por objeto confesar, expresar o experimentar una catarsis expulsando de su interior los episodios que tuvieron lugar en una remota abadía “cuyo nombre incluso ahora conviene cubrir con un piadoso manto de silencio” allá por el año 1327, en plena restauración de la moral y la dignidad del sacro imperio romano a manos del Emperador Ludovico.

Desmarcándose pues del entonces papa Juan XXII, a quien no duda en tachar de “infame usurpador simoníaco y heresiarca que en Aviñón deshonró el nombre del apóstol”, marcando así su postura distante hacia el Rey de Francia y sus compatriotas y cerrando filas en torno a Ludovico, vencedor de la pugna por proclamarse Emperador y a quien el padre del propio Adso servía.

Por entonces eran dos las corrientes de la Iglesia, la Benedictina, (en cuya orden había ingresado Adso por instancia del padre, concretamente en el Monasterio de Melk), y la Franciscana, por entonces enfrentados al papa y cercana a las ideas de los teólogos imperiales en su defensa de la pobreza de Cristo.

Las guerras que ocupaban al padre y un Adso “descarriado” y no entregado por completo a sus quehaceres eclesiales, hicieron que entre campaña y campaña, su padre reparara en él y decidiera encomendárselo a un sabio franciscano que partía hacia la península itálica en una misión cuyo objeto era secreto.

El franciscano respondía al nombre de Fray Guillermo de Baskerville y por cuyo nombre deducimos que procede de las tierras entre Hibernia y Northumbria, en el occidente europeo, tierra de nieblas y lluvias perpetuas.

Tierras que ayudaron a imprimirle un profundo carácter reflexivo e introvertido agudizando rasgos como la profunda observación de las cosas, la meditación intensa y una capacidad de deducción fuera de lo normal… Sumado todo esto a su concepto religioso de la vida, su vida espartana, la interpretación franciscana de su vocación y su profunda cultura y avidez por los clásicos permitidos, y los no permitidos también, enmarcado todo ello en unos rasgos físicos tales que le hacen parecer ausente y en guardia al mismo tiempo, distraído y agudo, (alto, desgarbado, de mirada aguda y penetrante, nariz afilada, casi aguileña, firme barbilla, piel clara y pecosa…), aparentemente presa de la incertidumbre con facilidad pero curioso y reflexivo en realidad. De edad avanzada (50 primaveras) pero ágil y diestro de movimiento.

Estos rasgos, junto con su pasión por las “máquinas”, capaces de reproducir el paso del tiempo, atraer metales y demás prodigios del arte al servicio de la ciencia hacían que él y sus hermanos franciscanos de las islas sintieran atracción por lo espiritual tanto como por la ciencia de las máquinas, “que es magia natural y santa”, como dijera Roger Bacon, admirado por Fray Guillermo como su maestro.

Presentados pues los protagonistas, nos enmarcamos en el escenario de la obra, aunque tal vez debiera decir: del crimen.

Pues es éste y no otro el verdadero motivo del viaje de Fray Guillermo, el Abad de la Abadía le había hecho llamar pues su reputación como inquisidor e investigador trascendía las fronteras, y por tales motivos pensó en él a la hora de desentrañar los misterios que rodeaban a un crimen que había tenido lugar en su abadía. Obra sin duda del Anticristo por llegar, pero que agitan el espíritu terrenal del Abad quien espera, en cinco días a partir de la llegada de Fray Guillermo y de Adso, una reunión con religiosos franciscanos (sus rivales) con el objeto de debatir sobre la pobreza de Cristo, (y para cuyo comienzo desearía que se hubiera resuelto el entuerto y poder así concentrar sus pensamientos en tamaño debate).

Suspense, rigor histórico, datos reales combinados con maestría en el contexto de la novela negra que nos concierne, libros prohibidos, órdenes religiosas proscritas, la Santa Inquisición, el Anticristo y el apocalipsis, recintos sagrados (profanados) y laberintos a las puertas del reino del Señor…

Ingredientes todos ellos que Umberto Eco supo conjugar de tal modo que hizo de El nombre de la Rosa un auténtico éxito en las librerías de todo el mundo (principalmente europeas) en 1980. Eco, semiólogo, escritor, Doctor en Filosofía por la Universidad de Turín y Catedrático en Semiótica en la Universidad de Bolonia jugaba con ventaja a la hora de sentarse a escribir una de las mejejores obras del s.XX.

Él sabía cuán atractiva resulta la novela negra para el gran público, ni que decir que a más de uno se le ocurrirían más de un paralelismo entre Fray Guillermo y el mismísimo Sherlock Holmes, (quien caerá por el blog en no mucho tiempo).

Novela Histórica (no de capa y espada, como él gusta en nombrar a las novelas de aventuras en contextos históricos del pasado, sino novela negra) ambientada cronológicamente en un día monacal, conforme a maitines, prima, tercia, sexta, nona, después de vísperas, completas y noche.

Son estos dos de los tres ingredientes que maneja con soltura, pues el tercero, el ingenio, el saber hacer y escribir es innato en él, y tanto lo demostró que su primera novela, la que hoy nos concierne, bien podría clasificarse como obra maestra dentro del género (y subgéneros) y ha sido leída con avidez por lectores de cultura media alta (pues ese era el espectro al que él se dirigía), de todo el mundo, sin asustarse de párrafos, cuando no páginas escritas en latín para mejor ambientar la obra.


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También puedes leer mi crítica cinematográfica de El nombre de la Rosa en el fancine.

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